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Extintos por el Hombre

2 animales

De todas las extinciones que han ocurrido en la historia de la vida en la Tierra, las más perturbadoras son quizás las que hemos causado nosotros: las especies que desaparecieron porque un ser humano tomó la decisión, consciente o inconsciente, de cazar el último ejemplar, destruir el último bosque o introducir el último depredador invasor. Los animales extintos por el hombre son el registro más incómodo y más doloroso de nuestro impacto en el planeta, porque representan pérdidas irreversibles que ocurrieron, en su mayor parte, en los últimos 500 años, en un tiempo en que ya éramos una civilización avanzada capaz de escribir, leer y, si hubiéramos querido, proteger. Cada especie que perdemos es como quemar una biblioteca que tardó millones de años en escribirse.

Desde la llegada de los polinesios a las islas del Pacífico hace unos 3.000 años, que provocó una ola de extinción de aves no voladoras sin precedentes, hasta la extinción del dodo en 1681, del alca gigante en 1844, del tilacino en 1936 y de la tortuga de Pinta de Galápagos en 2012, el patrón se repite: una especie bien adaptada a su entorno natural, sin experiencia evolutiva con depredadores humanos, se enfrenta de repente a la caza masiva, la destrucción de su hábitat y la introducción de competidores y depredadores invasores. El resultado es predecible: cuando la tasa de mortalidad supera la tasa de reproducción, la extinción es solo cuestión de tiempo. Lo que hace especialmente trágicas estas extinciones modernas es que, en muchos casos, los seres humanos eran perfectamente conscientes del peligro y eligieron ignorarlo.

Esta sección de Atlas de Animales está dedicada a honrar la memoria de estas especies perdidas y a documentar su historia con la precisión y el respeto que merecen. Conocer su historia no es solo un ejercicio de duelo: es también una lección urgente sobre los mecanismos de la extinción que debemos aplicar a las especies que aún podemos salvar. Hoy hay más de 44.000 especies amenazadas en la Lista Roja de la UICN. Muchas de ellas seguirán el camino del dodo si no actuamos. La historia de los animales extintos por la acción humana es, en última instancia, una historia sobre las decisiones que tomamos como especie.

El impacto humano en la extinción de especies

El ser humano ha sido un agente de extinción desde sus primeras expansiones fuera de África. Los paleoecólogos han documentado oleadas de extinción de megafauna que coinciden con la llegada de los humanos modernos a cada continente y cada archipiélago: hace unos 46.000-65.000 años en Australia (extinción de los diprotodontes, el wombat gigante, el emu gigante y otros marsupiales gigantes), hace unos 13.000-10.000 años en América (extinción de mastodontes, mamuts americanos, caballos, camellos, gliptodontes y una docena más de géneros), y hace apenas 700-1.000 años en Nueva Zelanda (extinción de las moas y el águila de Haast) y Hawái (extinción de decenas de especies de aves). En las islas del Mediterráneo, la llegada de los fenicios, griegos y romanos provocó la extinción de hipopótamos enanos y elefantes enanos que habían vivido aislados durante millones de años.

Sin embargo, la tasa de extinción causada por humanos se disparó radicalmente a partir del siglo XV, con la expansión colonial europea. Los colonizadores europeos llevaron consigo ratas, cerdos, perros y gatos a islas que nunca habían albergado mamíferos depredadores terrestres, con consecuencias devastadoras para las aves no voladoras, los reptiles y los pequeños mamíferos que habían evolucionado sin esas presiones. Las ratas polinesias y europeas son directamente responsables de la extinción de decenas de especies de aves insulares. Los conejos, cabras y ovejas introducidos destruyeron la vegetación de innumerables islas, eliminando el hábitat de especies endémicas. Y la caza comercial, impulsada por mercados globales, llevó a la extinción de la paloma mensajera norteamericana, el alca gigante del Atlántico Norte, el quagga sudafricano y docenas de otras especies en menos de un siglo.

Los mecanismos principales a través de los cuales los humanos han causado extinciones incluyen: la sobreexplotación directa (caza, pesca y recolección a tasas que superan la capacidad reproductiva de la especie), la destrucción del hábitat (deforestación, agricultura, urbanización), la introducción de especies invasoras (depredadores, competidores y patógenos sin precedente evolutivo en el nuevo entorno), la contaminación química (pesticidas como el DDT, que diezmó a las águilas calvas y los halcones peregrinos en el siglo XX), y más recientemente el cambio climático antropogénico, que altera los hábitats y los ciclos estacionales de los que dependen las especies.

Línea temporal de extinciones causadas por el hombre

Las extinciones causadas por humanos no comenzaron en el siglo XVIII ni en la época colonial: se remontan decenas de miles de años atrás. Esta línea temporal muestra los principales hitos de extinción vinculados a la actividad humana desde los albores de la historia hasta el presente.

46.000-50.000 a.C. — Australia: La llegada de los humanos modernos a Australia coincide con la extinción de gran parte de la megafauna marsupial, incluyendo el Diprotodon (un wombat del tamaño de un rinoceronte), el Thylacoleo (el «león marsupial»), el Procoptodon (el canguro gigante de 2,5 metros) y el Genyornis (un ave no voladora del tamaño de un emú, pero más pesada). La combinación de caza y el uso del fuego para modificar el paisaje habría sido devastadora para estas especies.

13.000-10.000 a.C. — América: Coincidiendo con la llegada del ser humano moderno (a través de Beringia y posiblemente también por rutas costeras del Pacífico), se extinguen en América del Norte y del Sur el mastodonte americano, el mamut colombino, el caballo americano (Equus), el camello americano (Camelops), el gliptodonte, el toxodonte, el megaterio, el lobo terrible y numerosas otras especies. La rápida extinción de estos animales, que nunca habían coevolucionado con cazadores humanos eficaces, apoya la hipótesis de la sobrecaza.

1000-1300 d.C. — Nueva Zelanda: La llegada de los polinesios (ancestros de los maoríes) a Nueva Zelanda hace unos 700-800 años desencadena la extinción rápida de las nueve especies de moas (aves no voladoras que incluían la moa gigante de hasta 3,6 metros de altura) y del águila de Haast (Hieraaetus moorei), el águila más grande conocida, que se alimentaba de moas. Ambas extinciones fueron causadas directamente por la caza maorí y la destrucción del bosque.

Siglos XVI-XVII — Islas del Índico y el Pacífico: La expansión colonial europea provoca la extinción del dodo de Mauricio (1681), el solitario de Rodrigues (hacia 1730) y el dodo blanco de Reunión (siglo XVII), además de numerosas especies de aves y reptiles en islas del Pacífico, el Índico y el Atlántico. La combinación de caza directa e introducción de ratas, cerdos y gatos es el patrón dominante.

Siglos XVIII-XIX — Gran escala: La caza comercial a escala industrial lleva a la extinción del alca gigante (1844), el quagga (1883) y la caza masiva reduce la paloma mensajera de miles de millones a unos pocos miles en menos de un siglo. El bisonte americano, que contaba con 30-60 millones de individuos en 1800, se reduce a menos de 1.000 hacia 1889 (aunque logra recuperarse posteriormente).

Siglo XX y XXI — Crisis moderna: La paloma mensajera se extingue en 1914, el tilacino en 1936, el rinoceronte negro del oeste en 2011, la tortuga de Pinta de Galápagos en 2012. El rinoceronte blanco del norte queda funcionalmente extinto en 2018 con la muerte del último macho. El baiji (delfín de río chino) está funcionalmente extinto desde 2006. La tasa de extinción sigue acelerándose.

Los 12 animales extintos por el hombre más conocidos

1. Dodo (Raphus cucullatus) — Isla Mauricio, extinto h. 1681

El Raphus cucullatus o dodo es el símbolo universal de la extinción causada por el hombre y uno de los animales más reconocibles del imaginario popular. Era un ave no voladora de la familia de las palomas (Columbidae), aunque significativamente más grande que sus parientes: los adultos medían unos 65-75 cm de altura y pesaban entre 10 y 20 kg según las estimaciones, aunque las fuentes históricas varían considerablemente. Vivía exclusivamente en la isla Mauricio (en el Océano Índico), donde había evolucionado durante millones de años completamente aislado, sin depredadores terrestres. Esta ausencia de presión predatoria hizo que el dodo no desarrollara comportamientos de huida ante amenazas terrestres, lo que los marineros y colonizadores europeos que llegaron a la isla en el siglo XVII interpretaron erróneamente como «estupidez» o «torpeza». En realidad, estudios modernos de su endocranio sugieren que el dodo tenía capacidades cognitivas comparables a las palomas actuales y probablemente era un animal bastante competente en su entorno natural. Los primeros registros europeos del dodo datan de 1598, cuando la flota holandesa de Wybrand van Warwyck llegó a Mauricio. La especie se extinguió apenas 83 años después, hacia 1681, víctima de la caza directa por parte de marineros y colonizadores (que lo describían como comestible aunque de sabor poco agradable), pero sobre todo de la introducción de ratas, cerdos, macacos y perros, que destruyeron nidos y devoraron huevos y polluelos. El dodo ponía un solo huevo por temporada y nidificaba en el suelo, lo que lo hacía especialmente vulnerable a los depredadores introducidos. Curiosamente, no existe ningún esqueleto completo del dodo, y la mayor parte de nuestro conocimiento de la especie proviene de ilustraciones, notas de viajeros y el análisis de huesos dispersos en depósitos sedimentarios de la isla.

2. Tilacino (Thylacinus cynocephalus) — Tasmania, extinto 1936

El Thylacinus cynocephalus o tilacino (también llamado tigre de Tasmania o lobo de Tasmania) fue el mayor marsupial carnívoro que sobrevivió hasta tiempos modernos y uno de los ejemplos más trágicos de extinción innecesaria. Era un marsupial (no un lobo ni un tigre real, a pesar de sus nombres populares) que había evolucionado en Tasmania y Australia durante millones de años, desarrollando una sorprendente convergencia morfológica con los cánidos: cuerpo similar a un perro, con rayas marrones oscuras en la espalda y la parte posterior del cuerpo (de ahí el nombre «tigre»), cabeza relativamente grande con una mandíbula capaz de abrirse hasta 80°, y una marcha característica similar a la de un lobo. Los adultos medían unos 100-130 cm de longitud del cuerpo, más 50-65 cm de cola, y pesaban entre 15 y 30 kg. Se extinguió en el continente australiano hace unos 2.000 años, probablemente por la competencia con el dingo introducido por los humanos, pero sobrevivió en Tasmania, que el dingo nunca alcanzó. Cuando los colonizadores europeos llegaron a Tasmania a principios del siglo XIX, iniciaron una campaña de exterminio sistemático del tilacino, al que culpaban erróneamente de matar ovejas (estudios posteriores sugieren que las ovejas que encontraban con marcas de mordida de tilacino eran en realidad carroña que este aprovechaba). El gobierno tasmaniano pagó recompensas por cada tilacino cazado entre 1888 y 1909, y se abonaron al menos 2.184 primas. Para 1930, apenas quedaban unos pocos individuos. El último tilacino conocido, un macho sin nombre, murió en el zoo de Hobart la noche del 7 de septiembre de 1936 tras quedar encerrado accidentalmente fuera de su refugio en una noche de frío. Irónicamente, solo 59 días antes, el 14 de julio de 1936, la especie había recibido protección legal oficial. Hoy el genoma del tilacino ha sido casi completamente secuenciado, y la empresa Colossal Biosciences trabaja en su eventual de-extinción utilizando el dunnart (un marsupial del tamaño de un ratón) como especie donante.

3. Paloma mensajera (Ectopistes migratorius) — extinta 1914

La Ectopistes migratorius o paloma mensajera norteamericana (también llamada paloma viajera) ostenta el dudoso honor de haber pasado de ser el ave más abundante del planeta a la extinción total en menos de un siglo, en lo que es quizás el ejemplo más dramático y escalofriante de la capacidad humana para destruir incluso las especies más numerosas. En el siglo XIX, las bandadas de palomas mensajeras podían contar con hasta mil millones de individuos, y eran tan densas que oscurecían el sol durante horas cuando migraban. El ornitólogo John James Audubon describió en 1813 una bandada que tardó tres días en pasar por encima de él. El ruido que hacían las aves al posarse en los árboles era comparable al de un huracán, y su peso partía las ramas de los árboles. Eran aves esbeltas y elegantes, de colores grises azulados y rojizos, muy distintas a las palomas urbanas actuales. Su declive comenzó en los años 1850 con la caza comercial a gran escala: equipos de cazadores profesionales las perseguían con redes, escopetas y perdigones, matando decenas de miles en una sola jornada y enviando los cadáveres en barriles de sal al mercado de las ciudades del este. Simultáneamente, la deforestación masiva del bosque de hayas de Norteamérica destruyó su fuente principal de alimento (las hayucos) y sus zonas de cría. La especie no pudo recuperarse de la combinación de ambas presiones. El último individuo conocido, una hembra llamada Martha (en honor a Martha Washington), murió el 1 de septiembre de 1914 en el zoo de Cincinnati, a las 13:00 horas. Tenía 29 años. Su cuerpo fue enviado al Smithsonian Institution, donde fue disecado y se conserva hasta hoy como testigo de la extinción más absurda de la historia moderna.

4. Alca gigante (Pinguinus impennis) — extinta 1844

El Pinguinus impennis o alca gigante fue el «pingüino» original del hemisferio norte: un ave marina no voladora del Atlántico Norte que los marineros llamaban «penguin» antes de que ese nombre se transfiriera a las aves similares del hemisferio sur. Medía unos 75-85 cm de altura, pesaba entre 5 y 6 kg, y era el mayor álcido que ha existido. Como todos los álcidos, era un nadador y buceador excepcional que pasaba la mayor parte de su vida en el mar, volviendo a tierra solo para reproducirse, donde nidificaba en colonias en islas rocosas del Atlántico Norte, principalmente en Islandia, las Islas Feroe, Gran Bretaña, Escandinavia y posiblemente Nueva Escocia. Fue cazado sistemáticamente desde el siglo XV por los marineros que encontraban en sus colonias una fuente de alimento fresco, aceite de sus grasas y plumón para almohadas, todo ello sin ninguna dificultad dado que las aves no mostraban miedo a los humanos. En tierra eran lentas y torpes (sus alas cortas no les servían para volar), y se dejaban capturar fácilmente a miles. En el siglo XVI se organizaron expediciones comerciales específicas para capturar alcas gigantes. Para el siglo XVIII, las poblaciones estaban muy reducidas. Los últimos individuos conocidos, una pareja que incubaba un huevo, fueron capturados y estrangulados el 3 de junio de 1844 en el islote de Eldey, frente a Islandia, por tres hombres contratados por coleccionistas que querían especímenes para museos. Su huevo fue aplastado accidentalmente durante la captura. El alca gigante es uno de los pocos casos en que conocemos exactamente la fecha y las circunstancias de la muerte del último individuo.

5. Quagga (Equus quagga quagga) — extinto 1883

El Equus quagga quagga o quagga fue una subespecie de cebra de las llanuras que vivía en el sudoeste de Sudáfrica y que se distinguía por tener rayas solo en la cabeza, el cuello y la parte delantera del cuerpo, mientras que la mitad posterior tenía un color marrón liso más parecido al de un caballo. Esta distribución irregular de las rayas hacía del quagga un animal visualmente único y fascinante. Los individuos adultos medían unos 2,5 metros de longitud y pesaban entre 250 y 350 kg, similares a las cebras modernas. Vivían en manadas en las praderas y semidesiertos del actual Karoo (Sudáfrica), donde eran depredados principalmente por leones. Los colonizadores bóers los cazaron masivamente durante el siglo XIX por su carne (para alimentar a sus trabajadores) y por su cuero, y también para reducir la competencia que supuestamente representaban para el ganado doméstico por los pastos. Para 1850, la especie era ya muy rara en estado silvestre. El último quagga salvaje conocido fue fotografiado en 1870 en la región de Karoo, una de las primeras fotografías de un animal vivo que después se extinguiría. El último ejemplar en cautividad, un individuo en el zoo de Amsterdam, murió el 12 de agosto de 1883. La extinción del quagga es especialmente llamativa porque fue reconocida y lamentada en su tiempo: el naturalista holandés Herman Schlegel ya había advertido sobre el riesgo de extinción en 1861. Un proyecto moderno llamado «Quagga Project», iniciado en Sudáfrica en 1987, busca recrear el fenotipo del quagga mediante cría selectiva de cebras de las llanuras con pocos rayas.

6. Bucardo (Capra pyrenaica pyrenaica) — extinto 2000

El Capra pyrenaica pyrenaica o bucardo fue una subespecie de cabra montés pirenaica que habitó las montañas del Pirineo central durante miles de años. Era un animal de montaña bien adaptado al terreno rocoso de alta altitud, con unos cuernos largos y curvados característicos que podían alcanzar los 75 cm en los machos adultos. Su extinción es singular en la historia natural por dos razones: fue la primera especie extinguida por causas humanas cuya extinción fue «temporalmente revertida» mediante clonación, y fue también la primera especie cuya extinción fue documental con el nombre y la fecha exacta del último individuo. La especie fue cazada intensivamente durante el siglo XIX para caza de trofeos y para alimentación, y su población, que según estimaciones históricas podría haber alcanzado los 50.000 individuos en el Pirineo central, se redujo drásticamente. Para 1900, solo quedaban algunos centenares. Los esfuerzos de conservación en el siglo XX llegaron demasiado tarde: para 1989, solo quedaba un individuo conocido, una hembra llamada Celia. El 6 de enero de 2000, los guardas del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido encontraron a Celia muerta, aplastada por un árbol caído. Antes de su muerte, los científicos habían recolectado muestras de sus tejidos y congelado células en nitrógeno líquido. En 2003, usando esas células como donantes de núcleo en un proceso de clonación por transferencia nuclear, nació una cría de bucardo clonada, la primera animal extinto «revivido» por la ciencia. Desgraciadamente, murió a los pocos minutos de nacer por un defecto pulmonar. La clonación del bucardo sigue siendo objeto de investigación.

7. Lobo de Hokkaido (Canis lupus hattai) — extinto 1889

El Canis lupus hattai o lobo de Ezo (también llamado lobo de Hokkaido) fue una subespecie de lobo gris que habitó exclusivamente la isla de Hokkaido, en el norte de Japón, hasta su extinción a finales del siglo XIX. Era uno de los lobos más pequeños conocidos, con un peso de unos 20-25 kg y un pelaje grisáceo con tonos marrones. Había convivido con el pueblo ainu, los habitantes originales de Hokkaido, durante miles de años, y ocupaba un lugar importante en su mitología y cultura, siendo considerado en algunas tradiciones como un espíritu guardián de los bosques. Sin embargo, con la colonización de Hokkaido por el gobierno Meiji japonés en la segunda mitad del siglo XIX, comenzó una campaña sistemática de exterminio del lobo. El gobierno japonés contrató al experto norteamericano Edwin Dun para modernizar la ganadería de Hokkaido, y Dun introdujo la práctica estadounidense de envenenar lobos con estricnina mezclada en cebos de carne para proteger el ganado. En apenas una década, la campaña de envenenamiento redujo la población a cero. El último lobo de Hokkaido conocido fue cazado en el municipio de Tomamae el 10 de enero de 1889. Existen solo seis pieles completas de esta especie en museos del mundo, incluyendo especímenes en el Museo Británico de Historia Natural y el Museo de Historia Natural de Estados Unidos. Su extinción se considera hoy innecesaria y precipitada, ya que el lobo probablemente no representaba una amenaza real para el ganado bien gestionado.

8. Pájaro elefante (Aepyornis maximus) — extinto h. siglo XVII

El Aepyornis maximus o pájaro elefante fue el ave más pesada que jamás ha existido y uno de los animales más extraordinarios de Madagascar. Medía hasta 3 metros de altura y pesaba entre 275 y 730 kg según las estimaciones, aunque la cifra más conservadora (275-400 kg) sigue siendo astronómica para un ave. Aunque no era el ave más alta (las moas de Nueva Zelanda podían superarle en altura), era con diferencia la más pesada. Era completamente no voladora, con alas reducidas a vestigios, y se movía lentamente por los bosques y praderas de Madagascar, alimentándose de frutas, hojas y raíces. Sus huevos eran los mayores que ha producido ningún vertebrado conocido: medían hasta 34 cm de longitud y tenían una capacidad de hasta 10 litros, equivalente a 6 huevos de avestruz o 160 huevos de gallina. Los restos de cáscaras de estos huevos son relativamente comunes en los yacimientos arqueológicos de Madagascar, y hay evidencias de que los humanos los usaban como recipientes de agua. Los humanos llegaron a Madagascar entre hace 2.000 y 1.500 años, y la combinación de caza directa del pájaro elefante (y probablemente el consumo de sus huevos) junto con la transformación del paisaje mediante el fuego llevaron a su extinción gradual. Los registros históricos de viajeros árabes de los siglos IX y X mencionan un ave gigante en «la isla de los leones» que podría ser el pájaro elefante, y Marco Polo también hace referencia a un ave monstruosa en las antípodas. La extinción definitiva ocurrió probablemente entre los siglos XIV y XVII.

9. Moa gigante (Dinornis robustus) — extinto h. siglo XV

El Dinornis robustus o moa gigante fue la especie más grande de las nueve especies de moas que habitaron Nueva Zelanda, y el ave más alta que jamás ha existido: las hembras, significativamente más grandes que los machos, podían alcanzar los 3,6 metros de altura cuando estiraban el cuello y pesaban hasta 250 kg. Los machos eran considerablemente más pequeños, de unos 2 metros y 100 kg, lo que supone uno de los dimorfismos sexuales más pronunciados conocidos en aves. Las moas eran completamente no voladoras y habían perdido incluso los vestigios de huesos de las alas, que sí conservan otras aves no voladoras como el kiwi y el emú. Nueva Zelanda fue el último gran territorio terrestre en ser colonizado por humanos, llegando los polinesios (ancestros de los maoríes) entre los años 1250 y 1300 d.C. Antes de su llegada, las moas no tenían depredadores terrestres significativos, solo el águila de Haast, que las cazaba desde el aire. La llegada de los humanos fue catastrófica para las moas: eran animales lentos y de baja tasa reproductiva (ponían un solo huevo por temporada) que no habían desarrollado ningún comportamiento de defensa o huida ante los cazadores terrestres. Los análisis arqueológicos de yacimientos maoríes muestran millones de huesos de moa y cáscaras de huevo, lo que indica que fueron intensamente cazadas para alimentación. Para el año 1400 d.C., apenas 150 años después de la llegada humana, todas las especies de moa estaban extintas. El águila de Haast, que dependía de las moas para alimentarse, también se extinguió rápidamente al desaparecer sus presas.

10. Dronte de Rodrigues (Pezophaps solitaria) — extinto h. 1730

El Pezophaps solitaria o solitario de Rodrigues (también llamado dronte de Rodrigues) fue una especie emparentada con el dodo que habitó exclusivamente la isla de Rodrigues, a unos 560 km al este de la isla Mauricio, en el Océano Índico. Era un ave no voladora más esbelta que el dodo, con un dimorfismo sexual notable: los machos podían alcanzar los 90 cm de altura y pesar unos 25-28 kg, mientras que las hembras eran considerablemente más pequeñas. Una característica inusual eran los huesos «de guerra» en las alas: los machos usaban las alas vestigiales en los combates por el territorio y las hembras, golpeando con los nódulos óseos de las alas a sus rivales. El explorador francés François Leguat fue el primero en describir detalladamente la especie en 1691, durante una estancia de dos años en la isla como colono protestante. Su descripción, con dibujos, es una fuente invaluable ya que no existen especímenes bien conservados. Leguat describía a los solitarios como aves apacibles pero territoriales, que vivían en parejas monógamas y criaban a sus polluelos con gran cuidado. Cuando los colonizadores europeos comenzaron a establecerse en Rodrigues a principios del siglo XVIII, el solitario fue cazado intensivamente para comer. Relatos de la época describen partidas de caza que podían matar 50 aves en media jornada. La especie se extinguió hacia 1730, apenas 40 años después de la primera descripción científica, sin que se pudiera establecer ninguna medida de protección. Solo se conservan algunos huesos en museos europeos.

11. Rinoceronte blanco del norte (Ceratotherium simum cottoni) — funcionalmente extinto 2018

El Ceratotherium simum cottoni o rinoceronte blanco del norte es una subespecie del rinoceronte blanco que habitaba el norte de Uganda, el sur de Sudán, el noreste de la República Democrática del Congo y partes de la República Centroafricana. Era uno de los rinocerontes más grandes del mundo: los adultos podían alcanzar los 3,7 metros de longitud y pesar entre 1.500 y 2.300 kg. A diferencia de lo que sugiere su nombre, no era blanco: su nombre proviene de una mala traducción del africáans «weit» (ancho), referido a su labio ancho y cuadrado adaptado al pastoreo de hierba. En el año 1900, la subespecie contaba con decenas de miles de individuos en toda su área de distribución original. La caza furtiva, impulsada por la demanda de cuerno de rinoceronte en la medicina tradicional asiática y como símbolo de estatus en Yemen (donde se usaba para fabricar mangos de daga), la redujo a apenas 2.000 individuos en 1960, y a 500 en 1970. A pesar de los esfuerzos de conservación, la caza furtiva continuó implacablemente durante las décadas de conflictos armados en la región de los Grandes Lagos africanos. El último individuo salvaje conocido fue visto en 2006. En 2018, murió en el Centro de Conservación Ol Pejeta (Kenia) el último macho conocido, llamado Sudán, con 45 años. Solo quedaban dos hembras, madre e hija (Najin y Fatu), ambas incapaces de reproducirse naturalmente. En 2019, mediante fecundación in vitro con esperma congelado de machos fallecidos, se crearon los primeros embriones viables de rinoceronte blanco del norte, dando una pequeña esperanza de que la subespecie pueda ser recuperada mediante técnicas de reproducción asistida.

12. Baiji (Lipotes vexillifer) — funcionalmente extinto 2006

El Lipotes vexillifer o baiji (también llamado delfín del río Yangtsé o delfín de bandera china) fue uno de los delfines de río más escasos y enigmáticos del mundo, y el primero de los grandes cetáceos en ser declarado funcionalmente extinto en tiempos modernos. Era un delfín de agua dulce endémico del río Yangtsé, en China, con un hocico largo y ligeramente curvado hacia arriba, ojos pequeños y prácticamente no funcionales (se orientaba principalmente mediante ecolocalización), y un cuerpo de color azul grisáceo en el dorso y blanco en el vientre. Los adultos medían entre 1,4 y 2,5 metros de longitud y pesaban entre 100 y 160 kg. Su situación comenzó a deteriorarse gravemente en la segunda mitad del siglo XX con la industrialización del Yangtsé: la pesca con redes de enmalle y electricidad, el tráfico fluvial intenso (que causaba colisiones y perturbaciones acústicas que interferían con la ecolocalización), la pesca excesiva que redujo sus fuentes de alimento, la polución química industrial, y la construcción de presas (especialmente la presa de las Tres Gargantas) destruyeron su hábitat irreversiblemente. En 1997 se estimaba que quedaban unos 13 individuos; en 1999, solo 5. En 2006, una expedición científica de seis semanas que recorrió el Yangtsé exhaustivamente no encontró ningún individuo. En diciembre de 2006, el baiji fue declarado «funcionalmente extinto» por la revista Biology Letters, en un comunicado histórico que fue el primer anuncio oficial de la extinción de un cetáceo en tiempos modernos. En 2007, sin embargo, un pescador filmó lo que parecía ser un baiji, aunque nunca fue confirmado científicamente. El baiji era venerado en la cultura china como la «diosa del Yangtsé», y su extinción es un símbolo del precio ecológico del desarrollo económico acelerado sin consideraciones ambientales.

¿Podemos revertir la extinción? De-extinción y proyectos actuales

La idea de traer de vuelta a especies extintas, popularizada por la saga de Jurassic Park, ya no es solo ciencia ficción: es un campo científico activo con proyectos financiados, equipos de investigación dedicados y, en algunos casos, resultados tangibles. La de-extinción (también llamada «rewilding genético» o «reviving extinct species») busca recrear especies o subespecies extintas mediante diferentes técnicas biotecnológicas, con objetivos que van desde la recuperación ecológica de ecosistemas degradados hasta la restauración de poblaciones de especies recientemente extinguidas.

Las principales técnicas de de-extinción incluyen la cría selectiva inversa, que busca reunir en una sola población los rasgos dispersos en poblaciones actuales para recrear el fenotipo de la especie extinta (el «Quagga Project» sudafricano y el programa «Taurus Project» de recreación del uro europeo usan este enfoque); la clonación por transferencia nuclear, que consiste en introducir el núcleo de una célula del animal extinto en un óvulo enucleado de una especie próxima (el método usado en el intento de clonar el bucardo en 2003); y la edición génica con CRISPR-Cas9, que permite introducir genes específicos del animal extinto en el genoma de un pariente vivo, para crear un animal funcionalmente similar al extinto aunque no genéticamente idéntico.

Los proyectos de de-extinción más avanzados en 2024 incluyen el proyecto de «mamut lanudo funcional» de Colossal Biosciences, que en 2021 anunció haber creado células de elefante asiático con genes del mamut para el pelo, la grasa y la hemoglobina adaptada al frío, con el objetivo de tener crías viables antes de 2030; el proyecto de de-extinción del tilacino de la Universidad de Melbourne, también en colaboración con Colossal, que ha secuenciado el genoma completo del tilacino y busca usar el dunnart de cola gorda como especie donante; y el proyecto de recuperación del rinoceronte blanco del norte mediante fecundación in vitro con los embriones creados en 2019. Sin embargo, los biólogos conservacionistas advierten que los recursos destinados a la de-extinción podrían emplearse más eficientemente en proteger las decenas de miles de especies actualmente amenazadas, y que recrear un organismo con algunos genes de la especie extinta no equivale a restaurar la especie y mucho menos el ecosistema del que formaba parte.

Curiosidades sobre los animales extintos por el hombre

  • Martha, la última paloma mensajera, vivió 29 años: La última paloma mensajera, llamada Martha en honor a Martha Washington, nació en el zoo de Cincinnati en 1885 y murió el 1 de septiembre de 1914. Durante sus últimos años fue el único individuo de su especie en el planeta, convirtiendo automáticamente cada día que vivía en el récord de longevidad de su especie. Su cuerpo fue enviado al Smithsonian Institution, donde fue disecada y se conserva.
  • El dodo tenía un pariente vivo: la paloma Nicobar: Los estudios de ADN han demostrado que el pariente vivo más cercano del dodo es la paloma de Nicobar (Caloenas nicobarica), una paloma voladora de las islas del Pacífico con plumaje iridiscente espectacular. Esto ilustra cómo los parientes insulares de las palomas evolucionar frecuentemente hacia formas no voladoras cuando se instalan en islas sin depredadores terrestres.
  • La paloma mensajera tuvo bandadas de miles de millones: La bandada de palomas mensajeras descrita por el ornitólogo Alexander Wilson en 1806, en Ohio, medía aproximadamente 390 km de largo y 1,5 km de ancho, y contenía una estimación de 2.230.272.000 aves. Si esto es correcto, sería la mayor concentración de un solo animal en un espacio específico de la que tenemos registro en la historia natural.
  • El bucardo fue el primer animal extinto «revivido» por clonación: En 2003, científicos españoles clonaron al bucardo usando tejido congelado de Celia, la última hembra. Aunque la cría clonada murió a los pocos minutos de nacer por un defecto pulmonar, el experimento demostró por primera vez que la clonación de un animal recientemente extinguido era técnicamente posible.
  • El alca gigante no era un pingüino pero era funcionalmente idéntico: El alca gigante era el equivalente ecológico norteño del pingüino: un ave marina que buceaba usando las alas como aletas. Era tan buena buceando que podía alcanzar profundidades de 75 metros. El nombre «pingüino» fue originalmente aplicado al alca gigante por los marineros, y solo más tarde se transfirió a las aves similares del hemisferio sur.
  • El tilacino fue la última especie extinta con grabación de vídeo: Existen varios fragmentos de película del último tilacino, filmados en el zoo de Hobart entre 1933 y 1936. Estas grabaciones, que muestran al animal caminando, bostezando y exhibiendo su característica mandíbula hipermóvil, se pueden ver en internet y son de un valor histórico y emocional incalculable como el único registro visual de una especie extinguida en el siglo XX.
  • El rinoceronte blanco del norte fue «vendido» antes de extinguirse: En 2009, con solo ocho ejemplares vivos, el zoo checo de Dvůr Králové trasladó cuatro de ellos (incluido Sudán, el último macho) al Centro de Conservación Ol Pejeta en Kenia, con la esperanza de que el clima africano y el entorno natural estimularan la reproducción. Sudán falló en reproducirse naturalmente y murió en 2018.
  • La extinción del lobo japonés de Honshu fue también provocada por el hombre: Además del lobo de Hokkaido, Japón perdió también al lobo de Honshu (Canis lupus hodophilax), el lobo más pequeño conocido, que se extinguió en 1905 por enfermedades introducidas (posiblemente rabia traída por perros domésticos importados) y por caza. El último ejemplar fue capturado en Washikaguchi, prefectura de Nara, el 23 de enero de 1905.

Preguntas frecuentes sobre animales extintos por el hombre

Fuentes y referencias sobre animales extintos por el hombre