El coipo, también llamado nutria de río, falsa nutria, rata nutria o ragondin (Myocastor coypus), es un roedor semiacuático de gran tamaño originario del cono sur de Sudamérica. Pese a su apariencia y a algunos de sus nombres populares, no es una nutria ni un castor: es un roedor de la familia Echimyidae que vive ligado al agua y se alimenta de plantas. Criado durante décadas en granjas peleteras por su piel, hoy es una de las especies exóticas invasoras más problemáticas de los humedales de Europa, Norteamérica y otras regiones, donde causa graves daños a riberas, diques y cultivos.

Qué es el coipo y cómo distinguirlo de castor y nutria
El coipo es un roedor (orden Rodentia) de la familia Echimyidae, emparentado con las ratas espinosas sudamericanas y no con las verdaderas nutrias ni con los castores. Su confusión con esos otros animales es constante por su tamaño y su vida ligada al agua, pero las diferencias son claras una vez que se conocen. El error más frecuente es llamarlo «nutria de río»: la nutria verdadera es un carnívoro de la familia de los mustélidos que come peces, mientras que el coipo es un herbívoro.
La forma más sencilla de identificarlo es por la cola. El castor tiene una cola ancha, plana y escamosa con forma de paleta; la nutria tiene una cola gruesa que se afina hacia la punta. El coipo, en cambio, tiene una cola larga, redondeada y casi desprovista de pelo, parecida a la de una rata gigante. A ello se suman sus característicos incisivos anaranjados y un hocico provisto de largos bigotes blancos. Otro pariente sudamericano con el que a veces se compara es el capibara, pero este es mucho mayor y carece de cola visible.
Características físicas del coipo
El coipo es un roedor robusto de cuerpo macizo que mide entre 40 y 60 cm de longitud, a los que se suma una cola de 30 a 45 cm. Los adultos pesan habitualmente entre 5 y 9 kg, lo que lo convierte en uno de los roedores más grandes del mundo, solo superado en talla por el capibara y el castor. Su pelaje es denso y de color pardo, con dos capas: una borra interna lanosa y muy impermeable —la que dio valor a su piel en peletería— y un pelo de guarda externo más largo y áspero.
La cabeza es grande y de hocico romo, con pequeñas orejas redondeadas y unos incisivos de un naranja intenso que crecen continuamente, como en todos los roedores. Los ojos y las fosas nasales se sitúan en la parte alta de la cabeza, lo que le permite nadar con casi todo el cuerpo sumergido. Sus patas traseras palmeadas son grandes y potentes, mientras que las delanteras, más pequeñas y hábiles, le sirven para manipular el alimento. Esta combinación delata de inmediato a un animal perfectamente adaptado a la vida en el agua.

Alimentación y vida semiacuática
El coipo es herbívoro y se alimenta casi por completo de vegetación acuática y de ribera: plantas palustres, raíces, rizomas, tallos tiernos, juncos y cortezas. También consume cultivos cuando vive cerca de zonas agrícolas, mostrando especial predilección por el arroz, la remolacha, el maíz y las hortalizas. Un coipo adulto puede ingerir cada día una cantidad de vegetación equivalente a alrededor del 25 % de su peso corporal, por lo que una población densa transforma rápidamente la vegetación de un humedal.
Su vida es semiacuática: habita humedales, riberas de ríos, lagunas y marismas, donde excava extensas madrigueras en los taludes con galerías que pueden alcanzar varios metros. Es un nadador excelente gracias a sus patas palmeadas y puede permanecer sumergido varios minutos buceando para alimentarse o escapar de un depredador. Aunque suele tener actividad crepuscular y nocturna, no es raro verlo de día tomando el sol en la orilla. A diferencia del castor, el coipo no construye diques ni represas; se limita a aprovechar la vegetación y los márgenes del agua.
Reproducción y comportamiento
El coipo es un animal de reproducción muy rápida, uno de los factores que explican su éxito como invasor. Las hembras pueden criar durante todo el año y tienen varias camadas anuales, normalmente de 4 a 6 crías, tras una gestación de algo más de cuatro meses. Las crías son precociales: nacen cubiertas de pelo, con los ojos abiertos y capaces de nadar y comer vegetación a los pocos días. Su posición mamaria elevada en los costados permite a la madre amamantarlas incluso mientras el grupo se desplaza por el agua.
Son animales sociales que viven en grupos familiares en torno a un sistema de madrigueras compartido. Se comunican mediante vocalizaciones, marcas olorosas y posturas. Su longevidad en libertad es modesta —hasta unos 6 años—, ya que tienen numerosos depredadores naturales en su área de origen, como felinos, aves rapaces, caimanes y grandes serpientes. En las regiones donde es invasor, en cambio, la escasez de depredadores adaptados y los inviernos suaves favorecen un crecimiento poblacional explosivo. Entre los roedores con los que comparte hábitats urbanos y rurales en Europa está la rata común, aunque el coipo es muchísimo mayor.
El coipo como especie invasora
El coipo es nativo del cono sur de Sudamérica (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, sur de Brasil y Bolivia), donde sus poblaciones están equilibradas y forma parte de la fauna palustre autóctona. El problema surgió cuando, a lo largo del siglo XX, fue exportado a numerosos países y criado en granjas peleteras por su valiosa piel, comercializada con nombres como «nutria» o «castorino». Muchos de los ejemplares que hoy campan en libertad descienden de animales que escaparon o fueron soltados al hundirse el negocio de las pieles.
Como invasor, el coipo provoca daños considerables. Sus madrigueras erosionan y horadan riberas y diques, debilitando infraestructuras de contención de agua y favoreciendo desprendimientos e inundaciones. Su voraz consumo de vegetación destruye los carrizales y la flora palustre que dan refugio a aves y otros animales, y arrasa cultivos como el arroz. En Europa está presente en numerosos países, y en España figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que prohíbe su tenencia, transporte y comercio y obliga a controlar sus poblaciones. Conocer bien al coipo y a otros roedores ayuda a entender por qué la introducción de especies fuera de su área natural es uno de los grandes problemas de conservación.
Estado de conservación
En su área de distribución nativa, el coipo está catalogado como especie de Preocupación menor (LC) por la Lista Roja de la UICN: sus poblaciones sudamericanas son amplias y estables, y la especie se adapta bien a humedales muy diversos. Esta clasificación se refiere únicamente a su situación como fauna autóctona del cono sur, donde incluso es objeto de aprovechamiento regulado.
La paradoja del coipo es que, mientras en Sudamérica no corre ningún peligro, fuera de allí representa una amenaza para los ecosistemas que coloniza. Por eso la gestión del coipo tiene dos caras opuestas: en su tierra de origen es una pieza más del humedal que conviene conservar, mientras que en Europa, Norteamérica, África oriental, Asia y Oriente Medio es objeto de programas de control y erradicación para proteger la biodiversidad nativa, las infraestructuras hidráulicas y la agricultura. Su historia es un recordatorio de que un animal inofensivo en su hábitat puede volverse un grave problema cuando el ser humano lo traslada lejos de casa.
Preguntas frecuentes sobre el coipo
Aunque los tres son animales acuáticos de tamaño parecido, son muy distintos. El coipo es un roedor herbívoro con una cola larga, redondeada y casi sin pelo, similar a la de una rata gigante. El castor es también un roedor, pero tiene una cola ancha y plana en forma de paleta, escamosa, y construye diques. La nutria no es un roedor sino un carnívoro de la familia de los mustélidos: come peces y tiene una cola gruesa que se afina hacia la punta. La clave más rápida es fijarse en la cola.
Los incisivos anaranjados del coipo se deben a que el esmalte de su cara externa es rico en compuestos de hierro, que le dan ese color naranja intenso y, al mismo tiempo, lo hacen más duro y resistente al desgaste. Es un rasgo que comparte con otros roedores como el castor. Como todos los roedores, sus incisivos crecen de forma continua y necesita roer vegetación fibrosa para mantenerlos a raya.
El coipo no es agresivo por naturaleza y suele huir al agua ante la presencia humana, por lo que rara vez supone un peligro directo. Sin embargo, si se siente acorralado puede defenderse mordiendo con sus potentes incisivos. El verdadero problema del coipo es ecológico y económico: como especie invasora daña riberas, diques y cultivos, y puede transmitir algunos parásitos. No debe alimentarse ni manipularse a los ejemplares silvestres.
El coipo es originario del cono sur de Sudamérica (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, sur de Brasil y Bolivia), donde habita humedales, riberas de ríos, lagunas y marismas. Debido a su cría en granjas peleteras y a posteriores escapes y sueltas, hoy vive también como especie introducida e invasora en Europa (incluida España), Norteamérica, África oriental, Asia y Oriente Medio. Siempre se asocia a zonas con agua dulce y abundante vegetación palustre.
El coipo llegó a Europa para ser criado por su piel en granjas peleteras, y muchos ejemplares escaparon o fueron liberados. Fuera de su área natural encuentra pocos depredadores y se reproduce muy rápido, así que sus poblaciones crecen sin control y dañan los humedales: sus madrigueras horadan riberas y diques, destruye la vegetación palustre y arrasa cultivos como el arroz. Por todo ello está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, que prohíbe su posesión y comercio.
En libertad, el coipo vive hasta unos 6 años, aunque la mayoría de los ejemplares no alcanzan esa edad por la presión de los depredadores, las enfermedades y, en las zonas donde es invasor, los programas de control. Es un animal de reproducción muy rápida, con varias camadas al año de 4 a 6 crías, lo que compensa su longevidad relativamente corta y explica el crecimiento explosivo de sus poblaciones.