La pika americana (Ochotona princeps) es un pequeño mamífero de la alta montaña del oeste de Norteamérica, de aspecto rechoncho, orejas redondas y sin cola visible. Aunque su silueta recuerda a la de un roedor o un hámster grande, la pika no es un roedor: es un lagomorfo, pariente de conejos y liebres, perteneciente a la familia Ochotonidae. Vive entre las rocas de los pedregales y canchales de montaña de las Montañas Rocosas y de Sierra Nevada de California, a gran altitud, y se ha convertido en uno de los animales centinela del cambio climático por su extrema sensibilidad al calor.

Qué es la pika
La pika americana es un lagomorfo del orden Lagomorpha, el mismo grupo al que pertenecen los conejos y las liebres. Sin embargo, no se incluye en la familia de estos (Leporidae), sino en una familia propia, la Ochotonidae, formada por unas treinta especies de pikas repartidas sobre todo por Asia y, en Norteamérica, por las dos especies del continente. A diferencia de un conejo silvestre, la pika tiene las orejas cortas y redondeadas en lugar de largas, las patas traseras poco alargadas y un cuerpo compacto adaptado a moverse entre las grietas de las rocas.
Es muy frecuente confundir a la pika con un roedor por su tamaño y su aspecto, pero pertenece a un orden distinto. La diferencia anatómica clave está en la dentición: los lagomorfos como la pika tienen un segundo par pequeño de incisivos superiores situado justo detrás de los incisivos grandes —los llamados dientes en clavija o peg teeth—, mientras que los roedores solo poseen un único par de incisivos en cada mandíbula. Esa segunda pareja de dientes es uno de los rasgos que define a todo el orden Lagomorpha y separa a la pika del grupo de ratones, ratas o ardillas.
Características físicas de la pika
La pika americana es un animal pequeño y rechoncho que mide entre 16 y 22 cm de longitud corporal —sin cola visible— y pesa entre 120 y 350 gramos según la población y la época del año. Su cuerpo redondeado, cubierto de un pelaje denso de tonos pardos y grisáceos, le permite confundirse con las rocas del canchal en el que vive. Las orejas son cortas y redondas, bordeadas de pelo blanquecino, y la cabeza es proporcionalmente grande. Las patas, incluidas las plantas, están densamente cubiertas de pelo, lo que mejora la tracción sobre la roca y aísla del frío.
Ese pelaje espeso es una adaptación al frío extremo de la alta montaña, pero tiene una contrapartida: hace a la pika muy vulnerable al calor. Su metabolismo está calibrado para conservar la temperatura corporal en ambientes gélidos, de modo que disipa mal el exceso de calor. La pika regula su temperatura refugiándose entre las rocas durante las horas centrales del día y limitando su actividad al amanecer y al atardecer cuando hace calor. Su longevidad en libertad oscila entre 3 y 7 años, una cifra notable para un mamífero tan pequeño y que se explica en parte por la protección que le ofrece su hábitat rocoso frente a los depredadores.
Los almiares de heno: cómo sobrevive al invierno
La estrategia de supervivencia más característica de la pika es la construcción de almiares de heno. A diferencia de la marmota alpina —otro habitante de la alta montaña que pasa el invierno hibernando bajo tierra—, la pika permanece activa todo el año bajo la nieve y no entra en letargo. Para ello necesita acumular alimento durante el corto verano de montaña. A lo largo de la estación cálida realiza incontables viajes recogiendo hierbas, flores, hojas y tallos, que transporta en la boca hasta su territorio y apila entre las rocas en montones que va dejando secar al sol, exactamente igual que un agricultor henifica el forraje.
Estos pajares pueden alcanzar un volumen considerable y constituyen la despensa que permite a la pika alimentarse durante los meses en que el suelo queda sepultado bajo la nieve. El secado al sol no es casual: reduce la humedad de las plantas y evita que el heno se pudra o fermente durante el almacenamiento. Algunas especies vegetales que la pika recolecta contienen compuestos que actúan como conservantes naturales y ralentizan la descomposición, de modo que el animal parece seleccionar qué apila en función de su capacidad de conservación. Su alimentación es estrictamente herbívora: hierbas, flores, musgos y líquenes componen su dieta tanto en verano como en invierno.
Comportamiento y vocalizaciones
La pika es un animal territorial. Tanto los machos como las hembras defienden una porción del pedregal y, sobre todo, sus valiosos almiares de heno frente a los vecinos, ya que perder las reservas acumuladas durante el verano puede significar no sobrevivir al invierno. Los territorios de machos y hembras suelen alternarse a lo largo del canchal, y los enfrentamientos por el espacio o por el robo de heno son frecuentes durante la temporada de recolección.
Para gestionar esa vida territorial, la pika es sorprendentemente vocal. Emite llamadas agudas —un característico «eep» o silbido corto— que cumplen dos funciones principales: marcar el territorio y advertir de la presencia de depredadores. Cuando un águila, una comadreja o un zorro aparecen cerca del canchal, las pikas lanzan estas llamadas de alarma que alertan a los vecinos antes de refugiarse rápidamente entre las rocas. Esa combinación de territorialidad, vocalizaciones y vida entre piedras hace que un pedregal habitado por pikas sea un lugar inesperadamente bullicioso en las mañanas de verano.
La pika y el cambio climático
La extrema sensibilidad de la pika al calor la ha convertido en un indicador del cambio climático. Debido a su grueso pelaje y a su metabolismo adaptado al frío, la pika puede morir tras pocas horas expuesta a temperaturas relativamente altas, algo inusual en un mamífero. Cuando las temperaturas estivales suben, el animal se ve obligado a refugiarse cada vez más entre las rocas y dispone de menos tiempo para recolectar el heno que necesita para el invierno, lo que reduce sus posibilidades de supervivencia.
Como consecuencia, en varias zonas del oeste de Norteamérica la pika ha desaparecido de las cotas más bajas de su antigua distribución y ha desplazado sus poblaciones hacia altitudes mayores, donde las temperaturas siguen siendo tolerables. Este «ascenso» de las poblaciones por las laderas de la montaña es uno de los patrones que los investigadores asocian al calentamiento global, y por eso la pika americana se cita con frecuencia como una de las especies centinela cuyo retroceso permite seguir el avance del cambio climático en los ecosistemas de montaña.
Estado de conservación
A escala global, la pika americana está catalogada como especie de Preocupación menor (LC) en la Lista Roja de la UICN, ya que su área de distribución sigue siendo amplia a lo largo de las montañas del oeste de Norteamérica, desde las Montañas Rocosas hasta Sierra Nevada de California. Sin embargo, esa categoría general convive con un fenómeno preocupante a escala local: numerosas poblaciones están en retroceso, especialmente en los límites más bajos, secos y cálidos de su distribución, donde el calentamiento ha hecho desaparecer al animal de zonas que ocupaba históricamente.
La principal amenaza para la pika no es la caza ni la pérdida directa de hábitat, sino el aumento de las temperaturas, que reduce el tiempo disponible para alimentarse y fragmenta sus poblaciones al aislarlas en cumbres cada vez más altas, como islas montañosas separadas por valles demasiado cálidos para atravesarlos. Por su papel de indicador, la pika es objeto de programas de seguimiento de organismos como el Servicio de Parques Nacionales y el USGS de Estados Unidos, que la utilizan para monitorizar los efectos del cambio climático en los ecosistemas alpinos.
Preguntas frecuentes sobre la pika
No. Aunque su tamaño y su aspecto rechoncho hacen que muchas personas la confundan con un roedor, la pika es un lagomorfo, del mismo orden (Lagomorpha) que los conejos y las liebres. Pertenece a una familia propia, la Ochotonidae, distinta de la de conejos y liebres (Leporidae). La diferencia clave con los roedores está en los dientes: los lagomorfos como la pika tienen un segundo par pequeño de incisivos superiores detrás de los grandes (los llamados peg teeth), mientras que los roedores solo tienen un par de incisivos.
La pika americana (Ochotona princeps) vive en el oeste de Norteamérica, en los pedregales y canchales de montaña —el talud rocoso— a gran altitud. Su distribución abarca las Montañas Rocosas y otras cordilleras del oeste de Estados Unidos y Canadá, incluida la Sierra Nevada de California. Necesita laderas cubiertas de rocas sueltas, entre cuyos huecos se refugia del frío, del calor y de los depredadores, y junto a las cuales construye sus almiares de heno.
No, la pika no hiberna. A diferencia de otros mamíferos de montaña como las marmotas, permanece activa todo el año bajo la nieve. Para poder hacerlo, durante el verano recolecta grandes cantidades de hierbas y plantas que apila entre las rocas y deja secar al sol formando almiares o pajares (haypiles). Esas reservas de heno son su despensa durante los meses en que el suelo queda cubierto por la nieve.
La pika está adaptada al frío extremo de la alta montaña: tiene un pelaje muy denso y un metabolismo que conserva el calor corporal. Esa adaptación hace que disipe mal el exceso de temperatura, hasta el punto de que puede morir tras pocas horas expuesta a temperaturas relativamente altas. Por eso evita la actividad en las horas más calurosas del día y se refugia entre las rocas, y por eso se considera muy vulnerable al calentamiento del clima.
Por su extrema sensibilidad al calor. Cuando suben las temperaturas, la pika tiene menos tiempo para alimentarse y recolectar heno, y en muchas zonas ha desaparecido de las cotas más bajas de su distribución, desplazándose a mayor altitud en busca de aire más fresco. Ese retroceso hacia las cumbres es un patrón que los científicos asocian directamente al calentamiento global, de modo que el estado de las poblaciones de pika sirve para seguir los efectos del cambio climático en la montaña.
La pika es estrictamente herbívora. Se alimenta de hierbas, flores, hojas, musgos y líquenes que encuentra cerca de su pedregal. Durante el verano consume parte de esta vegetación fresca y, sobre todo, acumula grandes cantidades en sus almiares de heno para disponer de comida durante el invierno, cuando la nieve cubre el suelo y no hay plantas frescas a su alcance.